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La Resurrección de las Cepas Olvidadas: Imperativo o Tendencia en la Viticultura Moderna

Aug 12, 202612 Min de Lectura

Durante varias décadas, la industria vinícola mundial se inclinó hacia una simplificación notoria. Un grupo selecto de variedades de uva de alcance global dominó los mercados, los viñedos y las preferencias de los consumidores, mientras que innumerables cepas autóctonas quedaron relegadas a parcelas diminutas, viñas antiguas o, en algunos casos, a unas pocas plantas que los viticultores se negaban a erradicar. Sin embargo, en la actualidad, se observa un cambio de rumbo: un creciente interés en rescatar variedades poco comunes, estudiar sus características y reintroducirlas en la producción vinícola. Esta tendencia plantea un interrogante fundamental: ¿es simplemente una moda pasajera o una exigencia vital para la sostenibilidad futura del sector vinícola?

La respuesta a esta pregunta es compleja, abarcando tanto aspectos comerciales como necesidades profundas. Por un lado, existe una clara inclinación del mercado hacia lo novedoso y distintivo. En un panorama cada vez más competitivo, la reintroducción de una variedad casi olvidada puede ser una estrategia de marketing muy efectiva. Sin embargo, sería simplista atribuir este fenómeno únicamente a la mercadotecnia. Más allá de la estrategia comercial, muchas de estas variedades representan un valioso patrimonio genético, esencial para la diversidad, la expresión territorial y, potencialmente, para enfrentar los desafíos que el futuro de la viticultura presenta, especialmente en el contexto del cambio climático. La pérdida de esta diversidad genética, un proceso que se aceleró con la modernización de la viticultura en busca de rendimientos y homogeneidad, ahora se percibe como un riesgo significativo. La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) subraya la importancia de la diversidad genética como un recurso estratégico para la adaptación al cambio climático, destacando que las diferentes variedades poseen capacidades distintas de tolerancia y adaptación a las condiciones ambientales.

El Redescubrimiento del Patrimonio Genético Vitícola

La historia de la vid está intrínsecamente ligada a la evolución de innumerables variedades, muchas de las cuales, a lo largo de siglos, se adaptaron a la perfección a sus entornos geográficos específicos. Cada región poseía sus propias cepas, algunas célebres por la excepcional calidad de sus vinos, otras empleadas en mezclas y otras, sencillamente, idóneas para las condiciones particulares de suelo y clima. No obstante, la modernización del sector vitivinícola alteró progresivamente este panorama. La búsqueda incesante de mayores rendimientos, uniformidad, facilidad de cultivo, reconocimiento comercial y vinos con perfiles más consistentes, propició la hegemonía de ciertas variedades. En España, al igual que en otras naciones productoras, cepas como Tempranillo, Garnacha, Monastrell, Bobal, Albariño, Verdejo, Macabeo o Airén alcanzaron una prominencia considerable, superando con creces a muchas otras variedades autóctonas. Este fenómeno, en sí mismo, no es negativo, ya que algunas de estas variedades se han convertido en pilares fundamentales del patrimonio vitivinícola español. Sin embargo, la problemática surge cuando esta simplificación alcanza extremos perjudiciales, como lo evidenció un estudio sobre variedades autóctonas en peligro de extinción en la provincia de Huesca, que alertó sobre la disminución de la diversidad varietal debido a la sustitución de viñedos antiguos por cepas más conocidas, impulsadas por la demanda del mercado. Una vez que una variedad desaparece de los viñedos, su recuperación se convierte en una tarea extraordinariamente ardua.

La conversación sobre la recuperación de variedades minoritarias trasciende la mera producción de vinos singulares o poco convencionales. En esencia, una variedad de vid constituye un tesoro de material genético que alberga características cruciales como el ciclo vegetativo, el proceso de maduración, la fertilidad, la capacidad de adaptación a tipos de suelo específicos, las necesidades hídricas, la resistencia a enfermedades y la respuesta a temperaturas elevadas. La Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) enfatiza que la diversidad genética de la vid es un activo estratégico y aboga por la recuperación y conservación de recursos genéticos que puedan contribuir a la adaptación de la viticultura al cambio climático. Este organismo también destaca que las distintas variedades exhiben capacidades variadas de tolerancia y adaptación a las condiciones climáticas y ambientales. En consecuencia, una variedad minoritaria que hoy ocupa apenas unas hectáreas podría poseer cualidades inestimables en el futuro. España, en particular, ostenta una ventaja significativa en este aspecto, al conservar una vasta diversidad de variedades de vid, muchas de ellas intrínsecamente ligadas a territorios concretos. El catálogo oficial del Ministerio de Agricultura de España registra actualmente cientos de variedades de vid, y diversas instituciones mantienen colecciones y bancos de germoplasma, constituyendo un auténtico reservorio de biodiversidad vitícola. No obstante, la mera identificación de una variedad en un catálogo no garantiza una superficie significativa de cultivo; entre ambos extremos, existe un vasto espectro de situaciones.

Del Viñedo Antiguo a la Innovación en la Copa

El proceso de revitalizar una variedad de uva trasciende la simple acción de encontrar una cepa ancestral, tomar esquejes y establecer un nuevo viñedo. Requiere una labor minuciosa de identificación, preservación, propagación y un estudio exhaustivo. Es fundamental comprender su comportamiento agronómico, incluyendo su ciclo de maduración, productividad, susceptibilidad a enfermedades, adaptabilidad al suelo, requerimientos hídricos y su respuesta ante diversas condiciones climáticas. Una vez establecida esta base, surge la segunda cuestión crucial: ¿qué tipo de vino puede producir? Es posible que una variedad posea un gran interés botánico pero no ofrezca un resultado enológico atractivo. Por ello, la recuperación de variedades se apoya en una investigación rigurosa, como lo demuestra un proyecto del CSIC que analizó 77 variedades minoritarias españolas, evaluando su resistencia a enfermedades y su potencial para diversificar la viticultura y aumentar la resiliencia frente al cambio climático. Esto subraya que la creación de un vino a partir de una variedad desconocida a menudo implica un esfuerzo mucho mayor de lo que se percibe.

Este fenómeno no se limita al ámbito experimental; por el contrario, ha comenzado a transformar el mapa vitivinícola español. En distintas regiones de España, variedades que durante años estuvieron relegadas a superficies reducidas están recuperando su protagonismo. Ejemplos notables incluyen la Sumoll y Trepat en Cataluña, Mandó, Arcos o Forcallat Tinta en la Comunidad Valenciana, Maturana Tinta en La Rioja, Moristel y Parraleta en Aragón, así como variedades gallegas como Brancellao, Sousón o Espadeiro, y baleares como Callet, Manto Negro o Fogoneu. Todas ellas representan un valioso patrimonio que, con diferentes grados de implementación y reconocimiento, ha resurgido con fuerza. Aunque no todas son casos idénticos de “recuperación” estricta, y algunas nunca desaparecieron por completo, su resurgimiento ilustra un cambio de perspectiva: la escasa superficie de una variedad ya no se considera un problema si puede conferir identidad y calidad al vino. La clave no es simplemente recuperar por recuperar, sino identificar aquellas variedades que tienen un propósito y un valor intrínseco. No se trata de llenar el viñedo con variedades minoritarias, sino de descubrir cuáles ofrecen soluciones valiosas: resistencia a la sequía, maduración tardía, buena acidez en climas cálidos, o una expresión territorial excepcional. La diversidad no se mide por la cantidad de variedades, sino por la disponibilidad de herramientas diferentes y la sabiduría para utilizarlas en el momento oportuno. Es en este contexto que las variedades minoritarias, a menudo consideradas una “moda”, se revelan como una auténtica “necesidad” para el futuro de la viticultura, tanto en términos de adaptación ambiental como de enriquecimiento cultural, ya que su desaparición no solo implica la pérdida de una opción de vino, sino también de una parte de la cultura vitícola. La OIV subraya la importancia de proteger este patrimonio frente a la erosión genética.

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